Hace 30 años en noviembre me llevaron a un cementerio que estaba lleno de vida. Aquel camino al que no estaba preparado me había desafiado e impresionado mucho. Un lugar de descanso de los que partieron a otro lado de la vida en medio de tanta vegetación acompañado de cerca por un maravilloso arroyo, pero sobre el arroyo voy a hablar otro día. Quería llegar a este lugar de descanso para poder dar la oportunidad a mis pensamientos y emociones poder descansar un poco. No era fácil encontrar el camino correcto y tener suficiente fuerza, para llegar hasta el final del camino, como tantas veces pasa en la vida. Pero el premio merecía todo el esfuerzo. Un lugar de paz y vida sembrada, no enterrada. No sabía, que apenas empezaba una gran aventura. Regresar a los mismos lugares permite cerrar círculos y darse cuenta de todo lo que vivimos, de cuantas personas importantes encontramos en nuestro camino. Quiero regresar otra vez y sentir aquella paz.
Feliz martes de paz al final del camino.


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