Lo de ella ya no eran las
prisas, era frenesí. Desde el tiempo que abarca su memoria, siempre alguien la
apuraba. Y no porque era lenta, sino por el simple hecho de presionarla, no
tenerla distraída y como decían por tener las cosas hechas antes del tiempo,
como si eso fuera posible. Por más que aceleraba, nunca era lo suficiente. No
sabía nada de saborear los alimentos. Terminaba engullendo la comida con la
boca quemada. Sus pies y manos huérfanos del descanso y la quietud, con nerviosismo
buscaban constante ocupación. Queriendo tener todo hecho antes de tiempo, entre
cosas buenas también conseguía a atraer bastantes desastres. Llevaba a su vida
a gran colapso. Así como otros te enseñaron a trabajar, tú aprende solito/a a
descansar.
Feliz sábado sin frenesí.
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