Cada
día tenía su momento de quietud. Cuando era niño, lo regañaban y
tachaban de perezoso viendo que a veces no hacía nada. Él no se
molestaba, ni tampoco daba muchas explicaciones. Siendo joven, ni él
entendía lo que pasaba, solo sabía que necesitaba de los momentos
de calma. Sin grandes maestros, ni escuelas, aprendió a ser
contemplativo. En estos momentos de quietud, ponía en paz su cuerpo
y su mente. Equilibraba si respiración, calmando cualquier
agitación. Simplemente se daba tiempo para ver, sentir, entender a
cada
cosa que le rodeaba y le pasaba. Una vez calmado y más sereno,
volvía a sus múltiples actividades. Aunque todos los problemas
estaban ahí, los enfrentaba con más calma viendo más fácilmente
por donde están las soluciones. Busca tu dosis diaria de quietud. Es
como vitamina que te hará más fuerte.
Feliz
sábado de quietud.
No hay comentarios:
Publicar un comentario