No le faltaba el trabajo, pero de vez en
cuando se permitía pensar un poco sobre su vida y sus actitudes. Lo
que la sorprendía era la existencia de diferentes velocidades en los
procesos de la vida. Una era la velocidad de juzgar, y expresar los
juicios y otra muy diferente la de tratar de entender el por qué de
las actitudes de otras personas. Así como para una cosa somos muy
prontos, capaces de hacerlo con increíble velocidad y puntería, así
para la otra somos muy lentos y tardamos una eternidad para dar el
primer paso en el camino de entendimiento. Lo perfecto sería frenar
un poco lo primero y acelerar lo segundo llegando a una igualdad de
las dos velocidades. Una velocidad constante, sin demasiada lentitud,
ni mucha aceleración, para poder ver las cosas desde todos los
posibles ángulos y poder entender las circunstancias que rodean cada
una de las actitudes, formando su propio juicio, su propia
valoración. Recordando que un juicio no tiene que ser en si
condenatorio y que en la vida uno tiene que tener la capacidad de
juzgar las cosas para poder elegir lo que quiere con pleno
conocimiento de la materia y no solo llevado por el impulso del
momento. Trata de igualar tus velocidades, no corras tanto, pero
tampoco te quedes parada/o.
Feliz martes de revisar las velocidades.

No hay comentarios:
Publicar un comentario