Ya no le quedaba nadie más a quien
podría echar la culpa. En el horizonte de sus quejas aparecía la
remota posibilidad de que él también era responsable. No lo
agradaba pensar en eso, pero todo indicaba que su tan buscada
perfección era un poco permeable tenía grietas y fisuras por los
cuales se filtraban algunos errores y fallidas suposiciones. Es que
ha dedicado tanto tiempo persiguiendo errores ajenos que bajado la
guardia y ha cometido sus propios no menores que los de ellos. No le
quedaba de otra que admitir, que las cosas no eran como él pensaba
al principio. Por mucho que tratemos de evitar los errores estamos en
peligro de cometerlos, no por maldad sino por las circunstancias
puntuales y falta de una visión más amplia de una situación
concreta. Es mejor atender nuestros propios actos que convertirnos en
inmisericordes jueces de actos ajenos dedicados a condenar a todo y a
todos. Tratemos de hacer lo mejor que podamos en el momento concreto
de nuestra vida, siempre será mejor que no hacer nada.
Feliz domingo de aceptación de errores
y responsabilidades.

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