Escuchándolos quedaba desconcertada y
sorprendida, parecían tan buenos tan respetables, pero en su
lenguaje había mucha violencia acumulada. Lo que se han aguantado en
su casa lo soltaban en la calle, en los autobuses urbanos y salas de
espera de consultorios médicos. Palabras puntiagudas llenas de
espinas que oídas a veces dolían más que la rodilla o espalda de
la que se quejaban, la que les trajo a la consulta. Es verdad que el
dolor nos puede quebrar y podemos perder el control, pero también es
verdad que no podemos hacer pagar a otros por lo que tenemos por
dentro de nuestro cuerpo o dentro de nuestra casa, nuestra vida. No
causemos más heridas con nuestras palabras dichas en lugares
públicos a este mundo ya tan violento y herido. Si vemos que con
demasiada facilidad o demasiada frecuencia nos vamos de la boca, es
señal de alarma, de los problemas y conflictos que se han clavado
por dentro y necesitan atención específica y tal vez especializada
antes de que infecten a todas nuestras relaciones y a todos nuestros
contactos.
Feliz jueves sin palabras violentas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario