Adriana era de las que cuando reaccionan, reaccionan con todo. Sus
palabras, bien rebuscadas parecían obras maestras de acupuntura,
pero al revés. En vez de curar, dañaban, se clavaban y no dejaban
vivir en paz. Lo peor de todo, impedían el acercamiento. Pues si se
acercaban a otros, las palabras espinosas, se clavaban más
profundamente, causando más daño. Adriana, no era mala, era víctima
de su propio carácter. Ella misma, sin saber, se rodeaba de tantas
espinas, para protegerse de sus propias inseguridades. La gente, que
la rodeaba y tenía algún trato con ella, dejó de ver a Adriana,
solo veía las espinas. No claves palabras en nadie y no te
lastimarás.
Feliz jueves sin espinas

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