Aida no era de las personas muy seguras de si mismas,
pero tampoco era tan tímida. Lo que pasa, es que tenía miedo de las
miradas, algunas le arañaban hasta el alma. Rodeada de la gente, que
con su mirada intentaban penetrar hasta muros de su casa, se sentía
despojada de todo, hasta de restos de su intimidad. Las miradas, los
comentarios en voz baja acompañados de la mueca burlona, a veces la
desanimaban hasta de salir de su casa o de recibir visitas. Pero por
suerte hubo también otras miradas que curaban, daban fuerza y
seguridad. Entre muchas, la de su madre que siempre confiaba en ella
y creía en sus capacidades.
Feliz Martes de miradas que curan.

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