Desde que
era niño, Emiliano aprendió a esperar. Esperaba a que regrese Mamá
o a que regrese Papá. Que le traigan un regalo, que le hagan la
comida. Al final de cada espera hubo un premio. Así que Emiliano
esperaba, a veces lo hacía de malas ganas, a veces con toda su
fuerza. Procuraba no distraerse, ni ocuparse en otras cosas, porque
tenía que esperar. Sentado cómodamente miraba como corre frente a
él, el arroyo del tiempo, lleno de pequeñas y grandes felicidades
que nadan como peces. Todo a alcance de la mano de Emiliano, pero él
no sacaba nada pues seguía esperando. Creía que la felicidad está
hecha a su medida, y no que él la tienía que hacer, crear, buscar,
conquistar.
Feliz
Domingo de buena pesca de Felicidad.
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