Sus oídos
atentos, captaban cada “te quiero”, que se colgaba en el aire.
Las paredes, los techos de su casa, tenían muchas marcas de miradas
de amor. Hasta las flores de jardín, sonreían al sol y agitándose
esparcían aromas. En un hogar así se ablandaban todas las durezas
de la vida, y los pesos de los problemas no pesaban tanto, porque se
llevaban entre dos o tres. Se salía de la casa con la impaciencia
colgada en la espalda, con la mochila vacía lista para recoger las
experiencias. El cariño recibido y ofrecido empujaba para hacer
las cosas necesarias con entrega y regresar a la fuente. Todo eso en
mejor grupo - de gente única y selecta - llamado Familia.
Feliz Martes
de endulzar nuestro hogar con miradas que dejan marcas de amor.
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