Aunque la
vida lo ha llevado por distintos caminos, siempre al final regresaba
al mismo puerto. En algunos momentos se sentía invencible, se
jactaba de su fuerza, la soberbia lo volvía sordo y ciego. Abatido
por los errores más grandes que su orgullo regresaba a la Madre, que
con amor y paciencia recogía los pedazos de sus sueños, de lo que
quiso ser y no fue, les soplaba tanto cariño que se unían en un
nuevo proyecto con todas las garantías de éxito. No importa la edad
la caricia de la Madre siempre hace milagros. Cura, consuela, anima y
sobre todo esparce amor.
Feliz
Domingo de una caricia de la Madre de Caacupé
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