Amaba a la música. Le acompañaba
en todos los momentos de su vida. Cuando desbordaba de alegría
sintiendo euforia y felicidad y cuando sentía que la están
absorbiendo la ciénagas de tristeza. La música hacía vibrar lo que
llevaba dentro, con ella se unían los sentimientos y armonizaban los
pensamientos. Tenía que cuidar para que no la invadan los ruidos de
sus reproches y autoacusaciones. Es que también la música para que
se pueda disfrutar con toda su belleza y su fuerza necesita
silencios. Los silencios permiten oír cada sonido. Distinguir las
tonalidades los ritmos. ¿Entre tantas actividades que tenemos
encontramos tiempo para silencios, para que cada cosa pueda resonar
en su plenitud? Si no encontramos la presión y el ruido no nos deja
descansar y vivimos huyendo. Lo que deberíamos dominar nos domina,
lo que deberíamos dirigir se escapa de nuestro control. Valoremos
más y cuidemos mejor nuestros espacios de silencio.
Feliz miércoles de espacios de
silencio.

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