Ninfa
intentaba cerrar sus sonrisas en una pequeña mueca, pero éstas tan
desobedientes, se le escapaban e invadían todo su cuerpo. Por más
que desviaba la mirada, iluminaba a los que estaban cerca de ella.
Asustada a veces por lo que otros pueden pensar, se forzaba para
poner alguna cara de aflicción o tristeza, pero le dolía todo el
rostro de tanto esfuerzo. Mientras más intentaba, peor le salía. Al
final se dio por vencida. Cuando uno deja de luchar y se permite ser
feliz con cosas pequeñas, descubre que su sonrisa y su felicidad son
benditamente contagiosas. Ser feliz con cosas pequeñas de cada día,
no se llama conformismo sino sabiduría.
Feliz
Sábado de Sonreír en el Festival de Mbeju
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