Su miedo era bastante pegajoso, fiel y pesado. Cada vez que
querría salir de la casa, la esperaba en la puerta. No se podía
permitir el lujo de salir libre sin su compañía. Lo peor de todo
sabía contagiarse y multiplicar con facilidad. Siempre y cuando se
daban las condiciones. Lo que más le gustaba eran las sombras, las
cabezas agachadas y los ojos que no se animaban ver de frente. El
miedo perdía su seguridad y a veces también tenía miedo, que
alguien pueda otear y hacer desaparecer sus falsas ilusiones, frutos
de la mala perspectiva. Al miedo le gusta generalizar, no fijarse en
los detalles, no ver las matices. No entres en su juego. Levanta la
cabeza. Por cada problema encontraras por lo menos una solución,
cada pérdida está recompensada con otras ganancias, solo atrevete a
mirar y a ver, pero hazlo sin prisa.
Feliz domingo de levantar la mirada.

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