Rosa desde que se levantaba en la mañana tenía
prisa. La tenía que tener, porque si no no alcanzaría de llegar a
los lugares que tenía que llegar, ni hacer las cosas que tenía
pendientes. Muchas eran las actividades y trabajos fuera de la cada,
y todos a distancia considerable. Siempre prisas al salir, prisas al
viajar, prisas al volver. Parecía que estaba viviendo en un
remolino, que con sus vueltas a veces la tenía mareada. Solo para
sentir en la casa, no tenía prisas. A cada momento compartido, a
cada conversación, a cada caricia, le daba su tiempo. Solo así fue
capaz de mantener un sano equilibrio en este mundo de constantes
carreras, detrás de la invisible felicidad que está lejos, teniendo
la visible muy cerca, al alcance de la mano, en casa.
Feliz Martes de dar tiempo a...
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