No eran suyos aquellos dolores pero como si lo
fueran. Los sentía con cada poro de su piel. Ayudar no era cuestión
de elección sino de obligación de una simple necesidad de
sobrevivencia. Aunque eso a veces le podría llevar al borde de
agotamiento, y enfrentamiento con todos incluida ella misma. Se decía
a si misma que no era razonable lo que hacía, que ya ha pasado lo
límites de lo bueno justo y necesario, pero a cada pedido seguía
respondiendo con un “sí, no hay problema”. Problemas había por
doquier, cada vez mayores. Y los pedidos crecían como una avalancha.
Siempre con el signo de más. Le pedían, más trabajo, más tiempo,
más disponibilidad, más dinero. Haciendo malabarismos a todos decía
que sí intentando satisfacer sus necesidades. Al final de cuentas
quedaba mal con todos, con la sensación de haber defraudado a todos.
Para muchos de nosotros la respuesta “no puedo” está sin uso, lo
que a veces provoca mucho abuso. Tratemos de medir los límites de
nuestras posibilidades físicas, económicas, afectivas, intentando
ser lo más honestos posible con nosotros y con los demás. Si
perdemos el equilibrio ayudando podemos empezar a hacer daño a
nosotros mismos y a terceros que no tienen la culpa. Aunque se dice
que hay que dar hasta que duela, es bueno saber si lo que damos nos
pertenece y si tenemos derecho exclusivo de disponer de eso. A veces
ayudando a todos quedamos sin nadie que nos ayude a nosotros mismos y
eso provoca cierta frustración y dolor. Ayudemos pero marquemos los
sanos límites cuidando lo que tenemos a cargo, que es nuestra vida y
felicidad.
Feliz jueves de ayuda y límites.

No hay comentarios:
Publicar un comentario