Las penas quería llevárselas muy lejos
para que ya no regresen. A veces el día lo pasaba bien, ocupada como
siempre en tantas cosas que no conocían la demora. Las hacía
puntualmente y con la misma dedicación. Pero llegada la noche,
cuando recostaba su cabeza en su almohada desde debajo de ella salían
sus penas y pesares. Estos le taladraban la cabeza en horas de
insomnio atrayendo a sus cómplices las dudas y las deudas, y como su
fuera poco trayendo a la memoria uno que otro error del pasado bien
salpicado de culpabilidad y remordimientos. Para nada servía sacudir
bien la almohada cada mañana o ponerla al sol, ni los frecuentes
cambios de sábanas ayudaban a quitarse estas voces de las noches de
insomnio. Había un remedio para su problema, pero era muy difícil
de conseguirlo. Eran un par de orejas armadas de paciencia capaces de
escucharla sin interrumpir. Alguien que puede saber todo lo que sabe
su almohada y permanecer callado. Sentía que una vez dichas sus
penas podrá hablar de otras muchas cosas.
Feliz jueves de orejas pacientes.

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