Le invitaba a compartir. No con
tanta frecuencia que le obligaría rechazar las invitaciones por la
cantidad del trabajo pendiente que tenía. Así que aceptaba e iba.
Iba su cuerpo, no su espíritu. Llegaba y se quedaba sentado con la
cara larga, y la mente totalmente absorbida con sus cosas. Los que
estaban con él no entendían esta actitud. Llevar el cuerpo a un
lugar pero estar pensando en el otro, mejor no su fuera así. Ellos
querrían compartir todo. Aunque sea por un rato darse todo, un gesto
de generosidad, de comunión. No medir, ni calcular, qué pasa en
cada encuentro, sino superar los límites para salir al encuentro de
los demás darse para poder recibir.
Feliz martes de compartir de
verdad.

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