Creció su cuerpo, pero no así su fe en si misma. Por eso cada
vez que estiraba su fe a un lado, le faltaba en otro lado. Se
parecía mucho a una manta demasiado pequeña con la que uno intenta
cubrirse en una noche fresca. Si cubre la cabeza, descubre los pies.
Para que crezca la fe, hay que ajustarla y fijarla en cada etapa de
la vida. A lo largo de nuestro crecimiento físico, necesitamos oír
con la frecuencia imperturbable, “Tú vales”, “Tú puedes”.
Siempre creemos menos en nosotros que los demás, y la opinión de
otros, es la base de muchas creencias, positivas y negativas. A nadie
hará mal, una dosis de fe inflada por las buena vibra de los demás,
sobre todo de los familiares.
Feliz Domingo de inflar nuestra fe.
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