Siempre
tan ocupada en sus cosas, remendando por ahí, solucionando por allá,
Rebeca no tenía tiempo de mirar a su alrededor. Tan ocupada, ni le
daba tiempo a quejarse. Decía, que el descanso era el gusto de los
ricos. Aunque siempre recordaba a los abuelos sentados los domingos
en la sombre de un mango, conversando y riendo a carcajadas en
compañía de la su familia. Y sus abuelos no eran ricos, por lo
menos económicamente, al contrario vivían entre carencias, pero
nunca afectivas. Llegó aquel día de fuerte dolor en el pecho y un
desmayo. Rebeca encontrada por una vecina en el patio de su casa,
inconsciente pero
viva, fue
llevada a urgencias. La
que siempre cuidaba a otros, fue cuidada por otros. La que no tuvo
tiempo, lo tuvo que tener. Poco a poco se estaba curando su corazón,
su cuerpo pero también algo más que eso. Aprendió mirar a su
alrededor, pedir ayuda. Los que lo rodeaban tenían los mismos
problemas que ella, los mismos trabajos, las mismas preocupaciones,
pero sabían vivir de otra manera. Ella estaba aprendiendo eso. Hasta
ahora siempre le tocaba hacer, ahora le tocaba
simplemente estar y ser.
Feliz
miércoles de estar.
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