Don
Restituto era
un hombre solitario y ya gastó
toda su paciencia. Ya no le quedaba ni una gota. Se fue de su casa al
almacén para ver si ahí podría
comprar.
Le dijeron que ya habían vendido toda y que tiene que esperar, con
paciencia, la llegada de la nueva mercancía. Pero justo eso le
faltaba, así que no podía esperar. Ni en el mercado de pulgas
tenían
paciencia usada, pues era un producto frágil, que se gastaba mucho.
Un poco desanimado regresó a casa justo cuando llegó
su
nieta
más pequeña. Su madre, que vino hacer un trabajo en la casa, la
dejó bajo el cuidado de don Restituto, que ni tuvo tiempo de
protestar. Aunque
la pequeña apenas sabía pronunciar algunas palabras, se comunicaba
sin problema, mirando con sus grandes ojos, abrazando, besando,
riendo, tocando. Teniéndola en sus brazos sintió, como ella le
contagiaba
alegría y felicidad, amor y ternura. Con estos sentimientos, que no
había experimentado hace tiempo, le regresaba la paciencia. Lo que
pierdes en soledad, puedes recuperar compartiendo con los demás. La
ternura es un concentrado de muchos sentimientos. No es posible
sufrir consecuencias negativas de una sobredosis de ternura, así
que toma sin miedo todo lo que necesitas y disuelve en un vaso del
tiempo.
Feliz
domingo de ternura.

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