La abuela Gumercinda vivía en su
humilde casucha lejos de bullicio de la ciudad, lejos de las prisas y
buenos caminos. No se quejaba de su suerte y decía que tenía lo que
necesitaba. Cuando sus familiares la visitaban, tomaba su tiempo para
escuchar lo que le quería contar. Hasta parecía que su perro
guardián y compañero y su gato juguetón, escuchaban y ponían
atención. La abuela Gumercinda sabía que el mundo a cambiado y que
había muchas cosas que no entendía, no conocía. Algunas la
maravillaban, otras más bien preocupaban. Le preocupaba la constante
insatisfacción de sus nietos, que todo el tiempo querían algo
nuevo, porque según ellos lo necesitaban para ser felices. Ella lo
único que quería es poder oír bien, ver bien el mundo a su
alrededor, que la comida no le haga daño y que pueda dormir una
noche entera y hacer bien de cuerpo. Sabía que era mucho pedir a su
edad, pero sabía que tampoco era exagerado. Lo que más la
preocupaba, es que en el mundo del que le hablaron, ahí lejos de su
casa, la vida era tan cara y la palabra tan barata. Ella casi nada
compraba, así que no gastaba mucho para vivir, sin embargo valoraba
la palabra dada. Siempre decía, que antes era al revés, la vida era
muy barata y la palabra muy cara, al grado que la palabra dada y no
cumplida a veces podía costar hasta la vida. Valora tu palabra y
gasta en la vida lo necesario, sin excederte y sobrevalorar lo
pasajero. Las cosas por muy sofisticadas y hermosas que sean nunca te
van a hacer compañía.
Feliz viernes de compañía.

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