A veces sentía que cada palabra que
le decían le pesaba de sobremanera, que la asfixiaba, ataba los pies
para no salir corriendo de aquí. Las respuestas se le atoraban en la
garganta. No las pronunciaba. Al no pronunciarlas se clavaban en
diferentes partes, pero sobre todo en el cuello, hombros, la espalda,
en el estomago, provocando tensión y dolor en cada una de estas
partes. No sabía si tiene derecho o no, a tener opiniones distintas
a las que ellos tenían acerca de la vida y acerca de lo que debe o
no debe hacer. Agradecía mucho el sacrificio de ellos, la educación
que le han dado, pero no quería someterse a sus moldes, se asfixiaba
en el mundo en el que todo tiene su lugar y todo ya está dicho, sin
espacio a la invención, improvisación y la sorpresa. Sentía que de
vez en cuando le faltaba este extraño sabor de locura que le hace
vibrar hasta los huesos. Ella tan responsable y dedicada necesitaba
un contrapeso de “irresponsabilidad” para mantener el equilibrio.
Nadie lo entendía, ni ella sabía por qué es así. Tenía que
sentarse calmar y empezar a caminar su propio camino, pero sin
rupturas bruscas, sin dramáticas separaciones. Determinando lo que
quiere cómo y por qué. No esperes que alguien te entienda, si
todavía no te entendiste a ti misma/o.
Feliz sábado de claridad.

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