Él pensaba que con lo que traía a
la casa, todos iban a estar felices, que no les va a faltar nada. Se
ausentaba como un cazador y regresaba satisfecho con su presa.
Ciertamente no les faltaba nada, ni de ropa, ni de alimentos, incluso
podrían darse un que otro gusto, satisfacer algunos caprichos. Lo
que a ellos les faltaba era su presencia. No eran las cosas, sino la
persona, su presencia y lo más valioso e irrecuperable que uno tiene
– su tiempo. Algo muy difícil de conseguir, algo de lo que él no
quiso desprenderse. Él siempre daba, siempre decidía lo que daba y
cuando lo daba. Y ahora esperaban de él que les permita llevar lo
que quieran y en la cantidad en la que deseen. Todas las cosas que
daba hasta ahora tenían su precio, su valor. El compraba, pagaba,
entregaba y no había drama, pero ahora le pidieron algo más que
eso. Temía mucho dar algo que no podrá controlar. Aunque su cabeza
se llenaba de excusas, que permitirían escabullirse una vez más de
sus manos. En el fondo sabía, que ninguna de ellas era válida.
Comparte con los demás cosas que ellos necesitan, pero sobre todo
comparte tu tiempo, que vale más que todo lo demás. Lo único que
verdaderamente te une a los demás, lo que vale igual para todos.
Todos tenemos la misma cantidad de horas pero las usamos de
diferentes maneras. Usa las tuyas bien.
Feliz viernes de compartir tiempo.

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