En sus días buenos les cuidaba, hacía todo lo posible para que
no les faltara nada. En sus días malos ellos para él como que no
existían. No era fácil lidiar con sus cambios bruscos de su estado
de ánimo, pero tenían que aprender hacerlo para mantenerse unidos y
no malinterpretar lo que estaba sucediendo. Casi siempre pasa así,
los momentos buenos nos abren a los demás, hacen más amplia nuestra
mirada, invitan a otros a participar en nuestra vida. Los momentos
malos nos detienen, encierran, encogen. Provocan aislamiento y
miradas hacia dentro, sintiéndonos vulnerables y sintiendo peligro
en todas partes. En un mundo cada vez más polarizado, en dónde tan
difícil es encontrar el equilibrio la gente sube al columpio de los
sentimientos con mucha facilidad. No tiene que ser enseguida signo de
algún trastorno bipolar, sino un reflejo y consecuencia de todo lo
que nos rodea. Trata de tener algo de paciencia aunque no es fácil
tenerla. Acompaña a los que amas en sus duelos, sus luchas internas,
en sus noches y sus días. Cuando te miran y hablan, pero también
cuando se callan y huyen con la mirada. A veces no se puede hacer más
que estar con y estar para.
Feliz sábado de estar con y para.

No hay comentarios:
Publicar un comentario