Lloraba con frecuencia. Tenía miedo que la califiquen de llorona.
Casi siempre lloraba por lo mismo. Lloraba por la distancia. A veces
la distancia de sus seres queridos y otras veces de las cosas que
amaba, actitudes que buscaba, que sentía falta. Las distancias crean
la sensación de ausencia que no siempre es cierta. Las lágrimas se
vuelven arroyos, ríos y mares por los que queremos cruzar a la otra
orilla. Mientras más posibilidad de comunicación tenemos, más
aprendemos a valorar un abrazo, un beso, una mirada en los ojos,
directa y no a través de la pantalla. La cercanía empieza a tener
otro sabor, otra dimensión. Su búsqueda, su espera se convierte en
la fuerza que permite a esperar lo que sea necesario. Sobrepasar los
posibles crisis y momentos de desanimo. Hace que la familia sea más
familia y la pareja más pareja. Cuando aparezcan las lágrimas
permítales que limpien más el camino del encuentro y hagan
transitable la distancia.
Feliz domingo de cruzar la distancia.

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