Demasiada ambigüedad había en la vida
de ellos. Sus “sí” eran iguales como sus “no” y por eso con
demasiada frecuencia se confundían. Sus verdades se parecían a sus
mentiras y viceversa las dos aprendieron a decir sin parpadeo. No se
podía distinguir a nada y eso creaba un confusión en la que se
tenía la impresión que valía todo, que daba igual. Aunque la
ambigüedad es inevitable en la vida, debemos a esforzarnos para
tener bien claras las cosas que queremos y aceptamos y las que no nos
agradan y rechazamos. Eso evitará los malos entendidos y nos dará
más paz. Tratemos de ser más precisos y más claros, aclarando y no
confundiendo, no vistiendo mentiras como verdades y no menospreciando
las verdades aunque no nos gusten o no nos convengan.
Feliz viernes sin mucha ambigüedad.

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