Sus prisas corrían delante de él
despejando el camino y lo empujaban por atrás. Tanta era la
velocidad que a veces hasta le daba mareos. No se paraba casi frente
a nada ni a nadie y nada se quedaba grabado en sus pupilas por más
que un instante. Incluso su descanso parecía acelerado apurado. Es
que pensaba que teniendo prisa hará más, era posible, aunque a la
vez poco probable. Si tenía mucha suerte y hacía más era siempre a
coste de vivir menos. Según el viejo dicho que trabajamos para
vivir, pero no vivimos para trabajar. La tensión, la insatisfacción,
la angustia, desesperación, repetidos errores en cosas simples, son
el precio que nos toca pagar por tanta prisa, tanta aceleración. No
es fácil frenar., pero es necesario. Tal vez antes de hacerlo con
toda la calma y serenidad a nuestro alcance deberíamos evaluar
cuanta cantidad y cuanta calidad hay en nuestra vida y de paso
también en nuestro trabajo. Si la calidad disminuye es la señal de
alarma, porque con ella disminuimos también nosotros. Revisa y haz
algo al respeto.
Feliz viernes de calidad.

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