En
su casa había orden, de eso presumía frente a sus amigos. Su mujer
y sus hijos tomaban muy en serio cada una de sus palabras. Sabían,
que él no echa las palabras al viento. Aprendieron a obedecer,
porque la desobediencia se castigaba duro. Dolía demasiado tragar
las lagrimas mezcladas con la sangre. Así como duras eran sus
palabras, dura era su mano, cuando se enojaba. Era más fácil
obedecer callando y agachando la cabeza. Obedecían eso sí, pero no
amaban, ni respetaban. Obedecían por miedo. El amor no se pude
exigir, solo se puede dar y conquistar. Él hasta su muerte no se
daba cuenta del precio que pagaba manteniendo el orden en su casa.
Murió solo y en su entierro se derramaron lagrimas de disimulo entre
suspiros de alivio. Triste final de una triste vida de miedo y
violencia.
Feliz
Lunes sin Gritos y Golpes
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