Su patrona le dijo que se calle. Que debe ser agradecida, porque
la llevaron a la ciudad, que gracias a ellos aquí vive entre
comodidades. Que no se olvide, que vino a trabajar y no a opinar. Que
es una mentirosa. Que su esposo y su hijo mayor son gente buena, no
como ella, una muerta de hambre, y que si algo le pasa es porque anda
de ofrecida. Ella escuchaba con sus ojos sudados y sentía que con
sus lágrimas se había tragado todas sus palabras. No entendía que
ha hecho mal, al parecer su vida fue un rosario de errores y el
primero y más grave era el atrevimiento de nacer sana, a pesar de
todo por lo que pasó su mama durante el embarazo. La palabra papá
no tenía ningún significado para ella. Pues no podría ser papa
aquel hombre eternamente borracho que golpeaba a mamá y que al final
desapareció. A la ciudad se fue, no por necesidad, sino para
escaparse de las manos de su padrastro, pero ha caído de mal en
peor. Ya se acostumbró, que cuando habla nadie escucha, nadie le
cree. A pesar de todo quería vivir. Ya no tanto pensaba en su vida,
sino en la de sus hijos, a ellos si va a amar y proteger, ellos no
tendrán que vivir nada de eso. Pero antes tiene que cerrar bien la
puerta en la noche y aguantar hasta la paga que le prometió la
señora, si no habla con nadie. Con la plata podrá comprar billete a
su futura vida. No tenía muchas cosas que llevar. La más grande que
tenía era la dignidad. Pero eso no lo sabía la patrona.
Feliz martes de atender silencios de los dignos y humildes.

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