Era como una
mancha, como una piedra en el zapato que incomodaba a cada paso. Se
metía en cada conversación, en cada proyecto y emprendimiento. No
sabía cómo librarse de ella, como dejar de vivir con la
desconfianza. No quería que se convierta en la compañera de su
vida. Es cierto que muchas veces la han engañado, que se han querido
aprovechar de su buena voluntad, pero a pesar de todo esto, quería
vivir apostando por la bondad, aunque eso pareciera ingenuo. Porque
si uno empieza desconfiar de todo y de todos, al final termina
desconfiando de sí mismo. Y al llegar a un punto así de nada se
puede disfrutar plenamente, sobre cada cosa se posa una sombra de
sospecha. Hay que ser prudente y confiar en sus capacidades de uno
mismo, esperar una buena cosecha de lo que se ha sembrado y ofrecer
nuestra confianza a los que se lo merecen y saben algo de la
responsabilidad y practican la reciprocidad.
Feliz lunes
sin desconfianza.

No hay comentarios:
Publicar un comentario