Hace mucho tiempo que vivían
juntos. Parecían formar una buena pareja. Todo iba bien pero el
espacio entre ellos se lleno de descuidos. La rutina nubló su vista
y no veían unos pequeños detalles. Era como una pátina que opaca
el brillo de muchos objetos valiosos. Había tantas palabras no
escuchadas entre ellos, que de ellas se podría hacer un puente que
uniese los dos lados del abismo de incomprensión. Demasiadas cosas
les distraían y lo peor de todo con el tiempo se volvió rutina, lo
que al inicio parecía un descuido circunstancial. Se hablaba pero no
se escuchaba con atención y por lo mismo muchas veces en vez de
entender el mensaje lo interpretaba. Sus interpretaciones quedaban
muy viciadas de inexactitud, llenas de suposiciones y pareceres. Eso
lógicamente introducía el malestar y nunca faltaban las ganas de
echar la culpa a la otra persona. Cuando hablamos intentemos poner
atención eligiendo bien las palabras para ser entendidos y no
malinterpretados. Cuando nos hablan escuchemos con atención porque
algo nos quieren comunicar. No basta atención a medias y una
aproximada comprensión de mensaje. La mutua comprensión y atención
nos une, su falta nos aleja y separa. Habla y escucha – escucha y
habla.
Feliz viernes de atención y
compresión.

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