lunes, 20 de junio de 2016

Vivir entre jueces

Liz a veces sentía que le ha tocado a vivir en un lugar extraño, hermoso, pero muy extraño. No era extraño por la naturaleza, ni por el clima, sino por la ocupación de la gente que vivía a su alrededor. La mayoría de ellos fungía como jueces de los demás. Eran jueces severos, su ojo con años de entrenamiento y práctica, era capaz a lo lejos detectar cualquier mancha e imperfección, oculta para el resto de los mortales. Ellos guardianes de la perfección de la vida ajena, con la mirada fija en la calle, olvidaba con frecuencia que existía el patio trasero de sus casas. Miraban, siempre muy severos para fuera, no miraban para dentro. El tiempo desnudaba su parcialidad, sus juicios caían en revuelto mar de suposiciones, que muchas veces poco tenía que ver con la realidad. Algunas veces sacudían y hacían tambalear a los que se cruzaban en su camino. Por suerte muchos aprendieron a caminar seguros de si mismos, sin dejar arrastrase pos los vientos de los juicios. Vive responsablemente, al que te cuestione, se capaz dar razón de tus actos y palabras. No juzgues a la ligera, y si alguien te juzga, sabiendo lo que vives y haces simplemente no les hagas caso, estando siempre dispuesta/o a corregir si algo anda mal.
Feliz día sin jueces y sin juicios.

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