Liz a veces sentía que le ha tocado
a vivir en un lugar extraño, hermoso, pero muy extraño. No era
extraño por la naturaleza, ni por el clima, sino por la ocupación
de la gente que vivía a su alrededor. La mayoría de ellos fungía
como jueces de los demás. Eran jueces severos, su ojo con años de
entrenamiento y práctica, era capaz a lo lejos detectar cualquier
mancha e imperfección, oculta para el resto de los mortales. Ellos
guardianes de la perfección de la vida ajena, con la mirada fija en
la calle, olvidaba con frecuencia que existía el patio trasero de
sus casas. Miraban, siempre muy severos para fuera, no miraban para
dentro. El tiempo desnudaba su parcialidad, sus juicios caían en
revuelto mar de suposiciones, que muchas veces poco tenía que ver
con la realidad. Algunas veces sacudían y hacían tambalear a los
que se cruzaban en su camino. Por suerte muchos aprendieron a caminar
seguros de si mismos, sin dejar arrastrase pos los vientos de los
juicios. Vive responsablemente, al que te cuestione, se capaz dar
razón de tus actos y palabras. No juzgues a la ligera, y si alguien
te juzga, sabiendo lo que vives y haces simplemente no les hagas
caso, estando siempre dispuesta/o a corregir si algo anda mal.
Feliz día sin jueces y sin juicios.

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