Se sentía mal pues todo el tiempo
le echaban indirectas. Querría, tenía derecho que se lo digan en la
cara, pero tal cosa no ocurría. No le gustaban los rodeos sino las
cosas directas, claras, sin demasiados adornos. Lo curioso del caso
era que nadie le echaba indirectas. La gente hablaba, contaba casos,
situaciones, anécdotas, hacía comentarios, expresaba opiniones
participaba en tertulias, por el simple gusto de hablar de opinar
argumentar discutir, sin el afán de agredir a nadie. Solo que ella
no veía las cosas así. Su inseguridad provocaba que cada palabra le
parecía flecha puntiaguda dirigida hacia ella. Cada opinión tomaba
forma de insinuación que la empujaba e desequilibraba. Cada historia
coloreada con fines dramáticos para ella parecía ser una burla de
sus trabajos, comportamientos y actitudes. Toda la gente que hacía
estas cosas parecía ser inmisericorde e monstruosa. Gente totalmente
inocente. Fue ella que así reaccionaba a lo que ellos decían sin
pensar en ella. Necesitamos trabajar en nuestra seguridad,
autoafirmación, siempre abiertos a críticas, opiniones
observaciones, pero sin caer en sospechas de que todo el mundo
conspira contra nosotros. Somos importantes, importantísimos,
únicos, pero sin exagerar, no somos el ombligo del universo y por
más que nos parezca, el mundo no gira a nuestro alrededor.
Feliz viernes de autoafirmación.

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