Sentada hacía recuento de tantas cosas
que le duelen. No hablaba de los dolores del cuerpo, porque no era
una persona enferma ni achacosa. Hablaba más bien de aquellas cosas
que le dolían en el alma, pero que también se clavaban en el
cuerpo. Le dolían tantas acusaciones infundadas, la falta de
comunicación y las interpretaciones de las palabras y los gestos,
que superaban las más increíbles fantasías. Igual dolía que
tantas veces hablaban sin escucharse, juzgaban sin conocerse. Dolía
porque cualquier observación fue tomada como ataque y cada
sugerencia como injerencia. Eso causaba una impotencia, como si le
hubieran quitado la voz, la razón, los brazos. No quería ser
cómplice y sentía que al no hacer nada lo era. Un dolor que se
podría quitar con un poco de apertura. En las relaciones muchas
veces a causa de una no tan elevada dosis de orgullo o de soberbia
nos causa dolor. Nos liamos tanto que en vez de salir de la
situación, reconociendo nuestras responsabilidades, hacemos más
daño culpando a otros. Para que duela menos, escucha más y trata
de entender. Si no entiendes pregunta y si eso tampoco te ayuda a
entender, acepta que hay cosas que superan tus posibilidades de
comprensión. En la vida no vamos a entender todo. Queda espacio para
otredad y la diferencia no tiene que doler.
Feliz miércoles de hacer para que no
duela.

No hay comentarios:
Publicar un comentario