Sabía perfectamente que lo que
ellos hacían no era correcto. No se consideraba ni santa, ni
perfecta. No le gustaban los enfrentamientos, peleas, discusiones. El
silencio sordo y ciego se volvía insoportable. Podría tomar muchos
papeles pero no él de ser cómplice. La tensión entre lo correcto y
lo fraudulento se hacía sentir a cada paso. No sabía cómo llamar
atención sin herir. Que hacer para poder enderezar, lo que estaba
encorvado por tanto tiempo, sin causar la ruptura, un daño
irreversible. Sentada en medio de sus pensamientos tenía que tomar
decisiones. No tenía madera de heroína, ni reformadora, pero eso si
tenía unos principios y un poco de responsabilidad y coherencia en
su vida. Poca cosa que no valía nada en el mercado donde se compraba
y vendía todo, pero vara ella fue su único tesoro su única
riqueza, la única herencia familiar heredada de sus padres y abuelos
que podía llevar a todas partes. Esa le permitía mirarse con
tranquilidad paz y caridad en el espejo sin remordimientos a pesar de
haber descubierto unas cuantas nuevas arrugas.
Feliz miércoles de principios.

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